¿CREO EN LA IGLESIA
O
CREO LA IGLESIA?
Las dos cosas. Pero
es más antigua y auténtica la segunda fórmula: creo la Iglesia. Además
tiene un significado rico que debemos desentrañar para conocer y vivir. Para
comprender a la Iglesia y amarla más, es necesario que reflexionemos un poquito
sobre este sencillo dilema. Que es lo mismo que detenerse a preguntar ¿qué
lugar ocupa la Iglesia en la fe cristiana que profesamos? ¿Se cree en ella como
se cree en Dios?
Desde
muy antiguo
En el más antiguo
credo de la Iglesia, el de los siglos ll/lll, llamado Símbolo Apostólico por su antigua raíz. O el
credo «breve». El más usado en la catequesis, y el más difundido en Roma y en
Occidente, en ese Credo está ya reflejada esta manera de confesar la fe de los
primitivos cristianos sobre la Iglesia. Y es ésta:
Se cree en las
Personas Divinas, en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu
Santo, pero no propiamente en la Iglesia.
Decimos y
confesamos: Creo en Dios Padre... Creo en Jesucristo, su único Hijo... Creo
en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, etc.
La referencia a la Iglesia sigue a la del Espíritu Santo y no va precedida por
la fórmula creo en sólo usada para con las Tres Persona Divinas.
La razón está en
que fe, en el sentido estricto de la palabra, sólo se debe tener en Dios, pues
sólo a Él podemos entregarnos con todo nuestro corazón, con toda nuestra
inteligencia y con toda nuestra voluntad. Véase el Catecismo de la Iglesia
católica, nn. 150-152.
Dicho de otro modo.
De la Iglesia no se dice: Creo en la Iglesia. ¿Por qué no decimos que
creemos en la Iglesia? El mismo Catecismo responde: En el Símbolo de los
Apóstoles, hacemos profesión de creer que existe una Iglesia Santa y no de
creer en la Iglesia para no confundir a Dios con sus obras y para atribuir
claramente a la bondad de Dios todos los dones que ha puesto en su Iglesia (n.
750). Y aquí tiene una referencia que envía al Concilio de Trento.
Como se puede
apreciar, el tema no es banal. Se distingue a Dios de sus obras. Se cree en
Dios, pero en ninguna criatura, ni siquiera en la Iglesia debemos creer de esta
forma. Las obras de Dios no requieren el mismo asentimiento porque siempre
serán medios o instrumentos para llegar a Él.
«Creer
la Iglesia»
En castellano esta
expresión no nos suena. Hasta resulta dura. Pero convengamos que es una fórmula
muy exacta para significar con toda verdad lo que es la Iglesia en el ámbito de
nuestra fe. Ya está dicho. Pero añado:
Creer la Iglesia es
decir y afirmar desde la fe, que existe la Iglesia Santa, Católica y
Apostólica, porque es inseparable de la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu
Santo. De Ellos procede en definitiva.
Creer la Iglesia es
decir y afirmar que todo aquel que cree en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo,
lo cree eclesialmente, es decir, lo cree con la fe de la Iglesia, con la
fe de la comunidad creyente de la que es parte viva.
Creer la Iglesia o creer
eclesialmente es decir y afirmar que la Iglesia es el modo, el contexto y
el lugar desde donde se cree en Dios-Trinidad, gracias al impulso o la acción
que da el mismo Espíritu.
Digamos con
palabras más técnicas y propias de la teología sobre la Iglesia: La Iglesia
no forma parte del centro de la fe, ni es su término, sino que es el lugar y el
contexto propio de la fe, cual comunidad sacramental que es, y así manifiesta
su ser comunitario característico y necesario de la profesión de fe cristiana
como expresión del creer en Dios eclesialmente. No en vano, el Credo es la
profesión pública de la fe de la Iglesia.
Y
sin embargo, madre
¡Ya lo creo!
Siempre es y será verdad que la fe en Dios que profesamos y la vida de fe que
vivimos nos vienen de Dios a través de la Iglesia. Que es como Sacramento de
Vida Nueva y Salvación. Por tanto, la Iglesia es nuestra madre, y como tal la
amamos, la valoramos y defendemos. ¡Muy cierto! Pero no es la autora de nuestra
fe ni de nuestra salvación.
El
Catecismo ya citado (n. 169) explica: La salvación viene sólo de Dios; pero
puesto que recibimos la vida de la fe a través de la Iglesia, ésta es nuestra
madre: ‘Creemos en la Iglesia como madre de nuestro nuevo nacimiento, y no en
la Iglesia como si ella fuera el autor de nuestra salvación’. Se agradece
tanta claridad y precisión. La claridad favorece el conocimiento y el mejor conocimiento,
amor más grande. Amamos, sí, y de qué manera, a la que es verdadera madre
nuestra en la fe, que nos ha engendrado en el Bautismo por obra del Espíritu,
para la Vida Nueva. ¿Parece poco? Pues ahí está todo.
Como
la luna
En
fin. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una
imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es
reflejo del sol (Catecismo n. 748). Así de incomparable es la belleza
iluminadora de la Iglesia, que le viene del mismo Sol, Jesucristo, su Esposo y
Señor. Nada tiene de ella misma y para ella misma.
La
Iglesia sabe y vive la conciencia de que sólo Cristo es la luz de los
pueblos y que, por lo mismo, sólo Él tiene palabras de vida eterna para
todos los hombres. Ella vive y refleja, por mandato santo, esa Palabra, que es
Luz para alumbrar a todo hombre que viene a este mundo.
En
virtud de esa misma conciencia, la Iglesia vive siempre de cara a Cristo, su
Persona, su Vida y su Doctrina. Todo Él se refleja en el rostro de ella, la Iglesia-Esposa.
Él la embellece y la Iglesia desea vehementemente iluminar a todos los hombres
con la luz de Cristo, anunciando el Evangelio a todas las criaturas (cf.
Concilio Vaticano II, LG n.1).
¡Oh
Iglesia santa! Procedes y dependes de la Fuente originaria, el Dios trinitario.
Del Padre emana tu Origen y tu Fin; del Hijo, tu Vida y Enseñanza, y del
Espíritu, el Amor que te anima y fecunda para engendrar en tu seno hijos Nuevos
para Gloria de Dios y salvación de toda la humanidad. ¡Te creo! ¡Te amo! ¡Por ti
trabajo! Que Dios me mantenga siempre esa fe y ese amor.
Gregorio Rodríguez, cpcr